El fado sonaba melancólico en el destartalado altavoz de la cafetería. El sabor amargo del café inundaba su paladar y el sol brillaba sobre el Duero. El mundo se ralentizaba alrededor mientras veía en los ojos de ella, en ese azul que competía con el azul del río y con el azul del cielo, ese azul interminable, la intensidad que paladeaban sus sentidos.