En una situación de absoluto desenfreno, el delirio puede aparecer de imprevisto y bajo múltiples formas. Resulta una situación extraña: el cuerpo desgobernado, la mente vagando por la fantasía de la realidad deformada y cierta sensación de desazón apacible y, al tiempo, desesperada.
En mi delirio vago por el ritmo del latir de mi corazón para cabalgar sobre el torrente de mi sangre y recorrer mi cerebro, neurona a neurona, restableciendo las conexiones averiadas y, súbitamente, en la última, al restablecer la conexión, desaparezco.