Y allí estaba. La amaba con locura desde hacía ya casi la mitad de su vida y la veía espléndida, sonriendo, probándose sus nuevos vestidos, comprobando que era la esencia de la belleza, como el poema perfecto que un alquimista de la palabra hubiera perseguido durante siglos para toparse con él, desconcertado, a la salida de un probador cualquiera.