Sí.
El silencio es un bien preciado que me gustaba disfrutar. Ahora mismo, sin embargo, pagaría lo que no tengo por escuchar algo, cualquier cosa que no fuera mi propia voz, el sonido de mis pasos o el tamborilear de mis dedos en el suelo.
No sé cuánto tiempo llevo aquí y ya no recuerdo ni por qué me trajeron. Dentro de poco me temo que habré olvidado incluso dónde estoy.
A veces creo oír que alguien viene, ¡como ahora mismo!. Suele ser mi imaginación que empieza a gastarme malas pasadas, sin embargo esta vez ¡estoy convencido!.
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Estaba sentado en una repisa, encordado a los anclajes emplazados en la pared. El día era espléndido, soleado y por lo tanto, a esas alturas del año y a esa altitud, hacía un frío terrible.
Miraba el horizonte mientras el sol afloraba detrás de las montañas trayendo una luz pálida y débil típica de los amaneceres de invierno. Mientras, recogía cuerda de su compañero que ascendía resoplando por la lengua de hielo.
El hielo tenía un buen color azul pálido en el fondo y crepitaba como una hoguera a cada patada y a cada golpe de piolet.
Miró hacia arriba y vio aparecer una nube. Se movía veloz, como impaciente por ir a tapar el sol que empezaba a despuntar y eso le inquietó.
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