No había nada que hacer. Estaba muerta y ahora sólo le quedaba salir corriendo del despacho antes de que llegara alguien y le colgaran el asesinato. Sacó el pañuelo y limpió el pomo, con la mirada fija en su hermosa melena esparcida por el suelo. Abrió la puerta y sólo vio oscuridad porque, como todo el mundo sabe, los gorilas siempre golpean en el estómago.