Migración

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Vejez

Siento que apenas nada poseo.

Ahora, al final de mis días, no puedo decir que algo me pertenezca enteramente de modo legítimo. El tiempo se acumula a mi espalda y, después de todos estos años de esfuerzo baldío, sólo atesoro retales de vivencias que, en mi memoria, cada vez resultan más vagas, más irreales. Y mi única pertenencia real quizá tampoco sea mía puesto que día a día, hoja a hoja, va desnudando el tronco de mi vejez.

Ahora sólo puedo aferrarme a un billete de viaje de recorrido incierto, de duración menguante, saboreando cada instante como si fuera mío antes de que constate que nunca sucedió realmente.

Alquimia

Y allí estaba. La amaba con locura desde hacía ya casi la mitad de su vida y la veía espléndida, sonriendo, probándose sus nuevos vestidos, comprobando  que era la esencia de la belleza, como el poema perfecto que un alquimista de la palabra hubiera perseguido durante siglos para toparse con él, desconcertado, a la salida de un probador cualquiera.

Silencio

Sí.

El silencio es un bien preciado que me gustaba disfrutar. Ahora mismo, sin embargo, pagaría lo que no tengo por escuchar algo, cualquier cosa que no fuera mi propia voz, el sonido de mis pasos o el tamborilear de mis dedos en el suelo.

No sé cuánto tiempo llevo aquí y ya no recuerdo ni por qué me trajeron. Dentro de poco me temo que habré olvidado incluso dónde estoy.

A veces creo oír que alguien viene, ¡como ahora mismo!. Suele ser mi imaginación que empieza a gastarme malas pasadas, sin embargo esta vez ¡estoy convencido!.

Un frío terrible

Estaba sentado en una repisa, encordado a los anclajes emplazados en la pared. El día era espléndido, soleado y por lo tanto, a esas alturas del año y a esa altitud, hacía un frío terrible.

Miraba el horizonte mientras el sol afloraba detrás de las montañas trayendo una luz pálida y débil típica de los amaneceres de invierno. Mientras, recogía cuerda de su compañero que ascendía resoplando por la lengua de hielo.

El hielo tenía un buen color azul pálido en el fondo y crepitaba como una hoguera a cada patada y a cada golpe de piolet.

Miró hacia arriba y vio aparecer una nube. Se movía veloz, como impaciente por ir a tapar el sol que empezaba a despuntar y eso le inquietó.

Peso en los ojos

Después de darle muchas vueltas, el documento parecía derretirse en su parte inferior, como los relojes blandos de Dalí, como unas natillas volcadas en el borde de la mesa.

El peso de los ojos le hacía esforzarse en mantener la mente lúcida aunque fuera únicamente para no perder la sensación de realidad. Pero ya hacía tiempo que todo era irreal, así que decidió que era mejor dejar ese dichoso documento y ocuparse de él por la mañana.

Dejó el ordenador portátil sobre la mesa, bajó la tapa con cuidado y apagó la luz. Caminó por el pasillo hasta la puerta y la abrió. Se detuvo. Ante sus ojos se extendía un abismo azulado y las estrellas brillaban por doquier.

Dormir

Siempre me asalta la misma duda, ¿cómo sabré que estoy muerto? El único consuelo que quizá me queda es que probablemente en eso consista morir, en no saber.

Al fin y al cabo, uno sólo es consciente de estar dormido, incluso de los sueños, cuando despierta. Mientras, sólo la nada ante el infinito y la eternidad. Y hasta ese momento, la angustia de la certeza del suceso y el alivio de la incertidumbre del instante.

El delirio

En una situación de absoluto desenfreno, el delirio puede aparecer de imprevisto y bajo múltiples formas. Resulta una situación extraña: el cuerpo desgobernado, la mente vagando por la fantasía de la realidad deformada y cierta sensación de desazón apacible y, al tiempo, desesperada.

En mi delirio vago por el ritmo del latir de mi corazón para cabalgar sobre el torrente de mi sangre y recorrer mi cerebro, neurona a neurona, restableciendo las conexiones averiadas y, súbitamente, en la última, al restablecer la conexión, desaparezco.

Lágrimas

Tras un fuerte bostezo los ojos se le llenaron de lágrimas y cuando los abrió nada había cambiado. Nada salvo la distorsión de los objetos y el paisaje que apenas percibía.

-Al menos es un punto de vista diferente -pensó.

Hay sitios donde mejor no estar

No había nada que hacer. Estaba muerta y ahora sólo le quedaba salir corriendo del despacho antes de que llegara alguien y le colgaran el asesinato. Sacó el pañuelo y limpió el pomo, con la mirada fija en su hermosa melena esparcida por el suelo. Abrió la puerta y sólo vio oscuridad porque, como todo el mundo sabe, los gorilas siempre golpean en el estómago.