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No había nada que hacer. Estaba muerta y ahora sólo le quedaba salir corriendo del despacho antes de que llegara alguien y le colgaran el asesinato. Sacó el pañuelo y limpió el pomo, con la mirada fija en su hermosa melena esparcida por el suelo. Abrió la puerta y sólo vio oscuridad porque, como todo el mundo sabe, los gorilas siempre golpean en el estómago.

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Repentinamente sintió el irrefrenable deseo de hacerlo, así que lo hizo. Después, no fue capaz de quitarse la extraña sensación de que, quizá, no debía haberlo hecho.

La Luna bajo los pies

El piolet emitía un breve y fugaz zumbido cada vez que el regatón pinchaba la nieve. Los crampones hacían que la nieve crujiera a cada paso. La luna iluminaba el blanco níveo con claridad diurna y, al fondo, las sombras de las cumbres recortaban una línea imaginaria entre unos monstruos dormidos y un mar de estrellas.

El tiempo

Cuando terminó la lista de sus objetivos en la vida, cayó en cuenta de que se le había olvidado incluir uno esencial. Y decidió empezar por ese.  Así que cerró la libreta, sorbió algo de su zumo de naranja y se recostó en en la hamaca dejando que el tenue sol de primavera le calentara las mejillas. Cerró los ojos.

Dos cosas

A veces se vaciaba casi por completo y sólo había dos cosas en su ser; una era desazón y la otra no la sabía reconocer.

Un último beso

Un último beso fugaz. Sale rápidamente del vagón. Ya lo echa de menos y, mientras anda los primeros pasos, se vuelve buscando complicidad con una sonrisa. Él, ajeno, rebusca desinteresadamente en una bolsa. Ella sigue caminando de espaldas al vagón, todavía sonríe ligeramente pero ya no mira. Él, entonces, siente una súbita ausencia y la busca por el andén. No la ve. Ella se mezcla entre la gente y desaparece mientras pierde la sonrisa. El tren inicia la marcha y cierto vacío se queda flotando entre ellos. Es un vacío tangible, fino, que se va estirando como un elástico mientras el tren se aleja. Finalmente, en medio del túnel el vacío se quiebra con un tenue chasquido. Pero ninguno de los dos lo percibe. Y quién sabe si ese vacío inexistente, roto, ajeno, perdurará hasta el amanecer del día siguiente.

Tallarines

Enrollar y plegar. Después amasar y estirar. Por último sacudir para elongar… y, ahí, en ese movimiento, la masa de los tallarines golpeaba rítmicamente la tabla con la harina espolvoreada haciendo surgir, a cada golpe, una pequeña nube. Esta con forma de dragón magiar, esta de ahora con forma de osbalí, esta.. vaya, esta no tiene forma.

Fado

El fado sonaba melancólico en el destartalado altavoz de la cafetería. El sabor amargo del café inundaba su paladar y el sol brillaba sobre el Duero. El mundo se ralentizaba alrededor mientras veía en los ojos de ella, en ese azul que competía con el azul del río y con el azul del cielo, ese azul interminable, la intensidad que paladeaban sus sentidos.

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A pesar de todo se podía decir que era feliz. Le cogío una mano, sonrió y se convenció de que en efecto era feliz y decidió, allí mismo, decírselo.

Sombra

Apagaba la luz y ya no la veía. Nervioso la volvía a encender y ahí estaba. La sombra permaneció inmóvil, fija, constante, tozuda. Su desazón lo mantuvo despierto, repitiendo el gesto sin cesar hasta que cayó dormido.Cuando despertó, ya no estaba y la certeza de que de nuevo, al anochecer, volvería, le llenó de desasosiego.

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